EL
ÚLTIMO PASEO
Las vacaciones habían
llegado, las ganas de vivir una nueva aventura estaban más que elevadas, los
nueve jóvenes estaban en busca de una nueva felicidad en familia (como ellos se
llamaban). La playa y el mar iban a ser los testigos de sus locuras y
desenfrenos pero el plan cambió a última hora escogiendo una cabaña en un
pueblo solitario. Luz, Ester y Judith no estuvieron de acuerdo pero
las ganas de descubrir algo extraño de los demás las convencieron. Llegó
el día de partir, todos estaban listos en el lugar de encuentro montando sus
maletas en la camioneta:
-Será el mejor viaje que
haremos de final de Universidad, es justo para que podamos compartir todos
juntos por última vez- dijo José.
-No hables como si
nos fuéramos a morir todos; después que nos graduemos podremos seguir
en contacto y hacer nuevos viajes- respondió Paola con seguridad.
Cuando a la camioneta no
le cupo una maleta más, todos se subieron y partieron sin saber lo que les
esperaba.
En el camino todos iban
hablando, riendo y cantando haciendo agenda de las cosas que iban a hacer. El
lugar a donde se dirigían estaba a la mitad del bosque: una cabaña de dos pisos
de madera, tenía tres habitaciones, dos baños, sala de estar y, en la parte de
atrás, un patio que llegaba al horizonte. Cuando llegaron
María, Ester y Luz escogieron la habitación del fondo, Judith, José y
Jacob estaban en la mitad y Rosa, Paola y Cristina en la más cercana a la
puerta de entrada. Dejaron sus maletas y salieron a ver lo que rodeaba la casa.
Una brisa fría los detuvo. El cielo se había nublado, los árboles se mecían de
un lado a otro como si quisieran desprenderse de la tierra y ser libres, la
laguna que estaba frente a la casa daba señales de querer desbordarse. Los
amigos corrieron hacia la cabaña en busca de refugio. María estaba sin aire,
como ahogándose.
-Tengo un mal
presentimiento- dijo Rosa nerviosa.
-¿Cuál es el problema?
¡Solo es lluvia! -respondió Cristina queriendo calmar los ánimos de los demás.
-Sí, estamos en invierno.
Es normal en esta época del año -agregó Jacob para darle toque final a la
discusión y que todos se fueran a dormir.
La noche fue larga, fría.
El cielo se quiso caer pero se mantuvo en el firmamento cuando los rayos del
sol empezaron a asomarse por medio de las nubes grises que aún seguían a la
vista de todos. Luz, María, Cristina y José decidieron salir y pasear alrededor
de la cabaña mientras los demás preparaban la comida y bebían alcohol. La
soledad en aquel lugar se sentía, se respiraba, se olía. A la vista se veía una
casa que, al parecer, estaba abandonada, lo decían los grandes arbustos que la
rodeaban, la mitad del techo caído y algunos bloques faltantes. Quisieron
acercarse pero prefirieron ir en busca de los demás.
La tarde empezó a caer y
una nota encontrada por Luz alteró el ánimo: "Quien quiera que llegue a
esta cabaña no saldrá bien librado". Un silencio los invadió, la cara de
preocupación de algunas mujeres fue notable. Judith, que estaba embarazada,
empezó a llorar y a empacar sus cosas diciendo que no se quedaría pero la
lluvia nuevamente apareció. La energía se fue y la casa era iluminada por
grandes relámpagos y el sonido de la fuerte lluvia se veía apagado por el de
los grandes truenos. Paola se quedó perpleja al ver la silueta que se formaba entre
los árboles. Se distinguía a una mujer. Todos comenzaron a temblar,
la puerta del patio se abrió y todos corrieron con desesperación hacia la
habitación principal mientras Jacob trataba de cerrar la puerta. Sin embargo,
todo cambió de repente. La lluvia cesó. Era
de noche, la luz tenue llegaba hasta los más recónditos lugares del bosque, el
canto de los pájaros negros era insoportable –como si avisaran que era el
último día-, el cielo era cada vez más denso, estaba tan abajo que ya casi se
podía tocar; los árboles deshojados estaban tiesos pero la noche estaba fría.
Un ambiente desolador con olor a muerte, con sabor a agrio; un ambiente como si
las más malignas fuerzas hubieran poseído los caminos de aquel lugar y ningún
dios hubiese podido hacer algo para evitarlo. La noche tenía cara de no
tener compañía, como si nadie fuera capaz de enfrentarla, la noche triunfaba...
El mal estaba triunfando y nadie hacía nada.
Algo había entrado a la
casa, se sentía su presencia. Cristina, Paola y Luz salieron a ver qué había
pasado con la casa, si todo estaba en orden o no y, de repente, se les apareció
una mujer llena de sangre, llorando por la muerte de un hijo y buscando a su
esposo borracho y golpeador. Luz corrió hacia el patio con Cristina. Paola
quiso huir pero las piernas no le dieron para correr y la miserable mujer la
asesinó enterrándole un cuchillo en el pecho y desapareció. Jacob, Rosa y Ester
bajaron y se encontraron con la aterradora escena. Su amiga estaba muerta.
Empezó a llover, la angustia aumentó. Jacob salió de la cabaña con el cuerpo de
Paola y la mujer apareció.
- ¿Quién eres? ¿Qué andas
buscando? - preguntó Jacob en tono desafiante.
La mujer se le acercó,
comenzó a olerlo. Pasaba su lengua por la cara de él queriendo saber cuál era
su sabor pero los tragos que se había tomado en la tarde hicieron que la loca
mujer se acordara de su pasado y le arrancara la cabeza tirándola a la laguna.
Encerrados en la
habitación Rosa, Judith, Ester, José y María temblaban del miedo, gotas frías
de sudor corrían por sus rostros. Poco a poco al aire se fue agotando, el ritmo
de la respiración aumentaba siendo directamente proporcional a las ganas de
querer salir de ese lugar. Pero la puerta los detuvo, ¡la puerta estaba
cerrada! no la podían abrir. Rosa, María y Ester pudieron escapar por una
pequeña ventana pero la suerte no les duró mucho. Aquel espanto las siguió, las
encontró y, lentamente y sin piedad, acabó con ellas dejando como evidencia sus
cuerpos envueltos en una interminable corriente de sangre. Mientras tanto, en
la habitación, Judith y José lloraban rezando un Padre Nuestro pidiendo piedad
por ellos y el hijo a punto de nacer de Judith. Un silencio ensordecedor
invadió la casa, la mujer estaba de nuevo allí queriendo acabar con todos de una
vez y por todas, así que con sus uñas negras llenas de mugre y de formas
indefinidas agarró el cuello de José y, muy despacio, separó el cuerpo de la
cabeza de José delante de los gritos y la cara de angustia de Judith.
-Por favor, no me hagas
nada. Estoy embarazada y quiero que mi hijo nazca bien. ¡¿Qué cosa quieres?!
Pídeme lo que sea pero no nos hagas daño. El padre de mi hijo nos abandonó en
cuanto supo que estaba esperando un hijo, me golpeó, me ultrajó y lo único que
me queda es este hijo. Ya mataste a todos mis amigos, por favor, te lo pido por
Dios, ten piedad de mí.
Después de las súplicas de
Judith, la mujer recordó su pasado y desapareció.
El espanto vivió en una de
las casas cercanas al bosque, era una mujer morena con cabellos rizados, ojos
grandes, labios finos y estaba a punto de dar a luz; su acompañante, hombre
fuerte y borracho trabajaba a cincuenta leguas de distancia y, muchas
noches, no aparecía sino hasta tres días después. Diana, la mujer, envuelta en
llantos y gritos desesperados de ayuda, llena de grandes gotas de sudor y
sangre había comenzado a pujar queriendo dar vida a su hijo. Después de muchos
intentos por fin sintió que algo se había desprendido de ella, ¡era su hijo!
después de tantas lágrimas y sufrimientos por fin veía una rayo de esperanza en
los ojos de aquel bebé. Esa noche, llegó el marido borracho, oliendo a perfume
de mujer, miró a Diana y le dijo:
-Estoy aburrido de ti,
mírate, estás gorda, hinchada y fea. No haces nada en esta casa, ¡todo lo
traigo yo! tú no haces más que quejarte y generarme más gastos, más rabia y más
aburrimiento. ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí, inútil!
-Acaba de nacer nuestro
hijo, ven, cargalo.
-¿Eres estúpida? Ese niño
no me interesa. No quiero nada que venga de ti, Diana. Vete de aquí. ¡Lárgate!
-¿Cómo quieres que me vaya
ahora si acaba de nacer nuestro hijo?
-Eso no va a ser un
problema.
El hombre cargó al bebé,
lo llevó hasta la laguna y allí lo tiró, dejando que se ahogara.
Diana quiso rescatarlo
pero fue muy tarde, ya su hijo estaba muerto. Corrió hasta donde estaba el
marido y, cuando quiso pegarle, él la mató enterrándole un cuchillo en el
corazón. Desde esa noche, Diana anda vagando en pena en busca de los hombres
borrachos y golpeadores para matarlos pero, también, en busca de un nuevo bebé.
Judith quedó encerrada en
la cabaña. Diana la tiene allí esperando que nazca el bebé. Sí, es el bebé que
tanto ha esperado Diana pero Judith está dispuesta a pelearlo y no dejar que se
lo lleve...